Pasado el día no he leído ninguna crónica ni comentario del aniversario de la barbarie de Pando. Tampoco sé si los otrora puntuales celebrantes del desafuero ladrón y asesino han entendido que es Apología del Delito, o simplemente se acomodaron en el sillón y no se pueden despegar. O ambas, quién sabe.
Sé que hay un pobre hombre que ayer cumplió 44 años, quien no conoció a su padre gracias a esos desmadrados, por cuya culpa unigénita e intransferible, digan lo que digan, murió de un balazo mientras salía de tomarse una al paso con amigos, celebrando ser padre.
Nunca conseguí aceptar para mí el siempre resembrado odio del "Ni olvido ni perdón".
Hace pocos días, conversando con este buen hombre, cuya herida vuelve a sangrar porque el caso de su padre sí prescribió para la Justicia, pese a que -al parecer- no los asesinatos que los militares cometieron muchos años después, pude entender.
Paz en la tumba de los muertos y en el alma de sus deudos. Los demás, respeto y silente recordación. Todo el repudio que cabe en mi corazón para quienes medran políticamente revolviendo tumbas podridas. O vacías, que no es lo mismo, pero es igual.

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