miércoles, 16 de julio de 2014

Colgando los botines

Por este único Medio, y en medio del fárrago que hará aún menor el casi nulo impacto que provoco en general, hago saber a quien le interese que -en pleno uso y goce de mis facultades mentales y afectivas- he decidido amputar de mi vida, en toda su extensión imaginable, el gangrenoso órgano del Fútbol.

No necesito, estoy dispuesto a ni puedo proseguir formando parte de esto en lo que los Mercaderes han transformado lo que fuera nuestra atea Iglesia nacional y -en lo personal- canal a través del que conocer parte de lo mejor y peor de mí.

No necesito, estoy dispuesto a ni puedo a seguir dándole de comer a esta manga de hijos de puta, fascinerosos, corruptos, hipócritas de mierda que se adueñó del que fuera el más popular de los deportes del Mundo todo; convirtiéndolo en escandaloso negocio de lavado de dinero y escenario de su orgiástica desvergüenza.

Obviamente no me entero en este momento de ello, pero sí alcanzo el extremo de saber que no voy a seguir alimentando el águila que me desgarra el hígado.

Al poder se lo enfrenta de diversas maneras y, cuando no están dadas las condiciones para derrocarlo, se lo desangra por donde más le duele. Esta carroñera especie medra en el éxito económico del espectáculo que vende, y la única decisión inteligente, digna y eficaz, es la de emascularles el negocio por la vía de dejar de verlo. Ello hará que los patrocinadores desaparezcan y, con ello, esta inmunda hez de la Humanidad.

Cada uno de nosotros es responsable de que esto siga o pare.

Yo ya me bajé. He descubierto que no necesito, quiero, puedo NI DEBO seguir honrando este tema con mis más valiosos recursos (tiempo y amor) para beneficio de los peores y perjuicio mío y de mi gente.

Con todo el dolor de amputar no sólo un tema de conversación con mis hijos, amigos y tantos otros, sino de mi vida, con la angustia de la renuncia indeseada a algo propio por culpa de semejante runfla, me voy. Me fui.

Uno es lo que es en la vida y yo soy -no un modelo, ni un educador- sino un predicador, un premiado con tanta cosa buena que ese tesoro recibido sin mérito me convierte en referente para aquél que quiera o necesite lo que ofrecerle puedo. De lo mejorcito de ese lote, mis Valores.

Los Valores no se dicen: se viven. Los demás no hacen lo que decimos sino lo que les parece bien de lo que hacemos.

Como mi querido colibrí, aquél que reunía agua en el piquito y la soltaba sobre el bosque ardiendo, sé que no es muy inteligente, ni tendrá -por sí solo- efecto mayor sobre la devastación; pero suicidarme del fóbal es lo que puedo hacer. Y lo hago.

Confieso que espero, tras el shock del corte brutal, alivie de paso la desazón y el asco permanentes que sólo la pasión por la aurinegra y -mucho menos- la Celeste, había conseguido (y no me culpo) impulsarme a seguir. Pasión que, para bien o mal, prendió con fuerza en mis hijos.

Tal vez mi decisión sea para ellos otro dolor. No puedo hacer otra cosa: cada uno lame su herida y yo, la mía, no la quiero más.

Chau.

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