Vengo de escuchar la narración de las peripecias del Gral. Melchor Pacheco y Obes, Plenipotenciario ante el Gobierno de Francia en 1852, poniendo en vereda en un juicio, con todas las de perder, a los dos más afamados y poderosos periodistas parisinos de entonces; por faltar al respeto y honor del Gobierno uruguayo.
Contra todo pronóstico posible, Pacheco abogó solo y ganó el Juicio, obligó a los periodistas a retractarse , aceptó sus disculpas y la declaración de no haber intentado difamar al país ni a su Embajador, les hizo pagar los costos y costas del Juicio; y señalaba en sus cartas la inmensa alegría y honra de haber podido ser quien defendiera y dejara en alto la imagen del país.
Eran otros tiempos, obviamente. Hoy cualquiera representa a Uruguay, desde el puesto de Canciller, embajador a dedo o acomodado en los Organismos internacionales merced a la afinidad política con la minoría dominante, que no a sus cualidades intelectuales, diplomáticas, anímicas ni morales.
Así nos fue en aquél entonces y así nos va hoy, cuando el Poder Ejecutivo del país apuñala por la espalda al Judicial en casa y en Naciones Unidas, diciendo que no sabe lo que sabe, dudando de la constitucionalidad de lo que no le compete juzgar y que es tan constitucional como que la Constitución lo mandata, al imponer la independencia de los Poderes y su soberanía Administrativa, regulada sólo por los Tribunales correspondientes.
Pero...¿qué le vas a hablar este pelandrún deslustrado al Eminentísimo candidato al Nobel de la zafiedad, la grosería y el diletar; al nostradámico proclamador de podredumbres recién descubiertas o a la encumbrada Representante ante DDHH, que vaya a saber en qué posición consiguió el cargo?
Yo, nada. La Historia (que ya puso a Pacheco en el billete de un Peso Fuerte y a ésos no los podrá ni en el papel higiénico que se use en el Museo Histórico Nacional) todo.
Quiera la Vida darme tiempo para verlo.
Contra todo pronóstico posible, Pacheco abogó solo y ganó el Juicio, obligó a los periodistas a retractarse , aceptó sus disculpas y la declaración de no haber intentado difamar al país ni a su Embajador, les hizo pagar los costos y costas del Juicio; y señalaba en sus cartas la inmensa alegría y honra de haber podido ser quien defendiera y dejara en alto la imagen del país.
Eran otros tiempos, obviamente. Hoy cualquiera representa a Uruguay, desde el puesto de Canciller, embajador a dedo o acomodado en los Organismos internacionales merced a la afinidad política con la minoría dominante, que no a sus cualidades intelectuales, diplomáticas, anímicas ni morales.
Así nos fue en aquél entonces y así nos va hoy, cuando el Poder Ejecutivo del país apuñala por la espalda al Judicial en casa y en Naciones Unidas, diciendo que no sabe lo que sabe, dudando de la constitucionalidad de lo que no le compete juzgar y que es tan constitucional como que la Constitución lo mandata, al imponer la independencia de los Poderes y su soberanía Administrativa, regulada sólo por los Tribunales correspondientes.
Pero...¿qué le vas a hablar este pelandrún deslustrado al Eminentísimo candidato al Nobel de la zafiedad, la grosería y el diletar; al nostradámico proclamador de podredumbres recién descubiertas o a la encumbrada Representante ante DDHH, que vaya a saber en qué posición consiguió el cargo?
Yo, nada. La Historia (que ya puso a Pacheco en el billete de un Peso Fuerte y a ésos no los podrá ni en el papel higiénico que se use en el Museo Histórico Nacional) todo.
Quiera la Vida darme tiempo para verlo.




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