viernes, 7 de febrero de 2014

¿Te acordás, hermano? Qué tiempos aquellos. Eran ...

Vengo de escuchar la narración de las peripecias del Gral. Melchor Pacheco y Obes, Plenipotenciario ante el Gobierno de Francia en 1852, poniendo en vereda en un juicio, con todas las de perder, a los dos más afamados y poderosos periodistas parisinos de entonces; por faltar al respeto y honor del Gobierno uruguayo.

Contra todo pronóstico posible, Pacheco abogó solo y ganó el Juicio, obligó a los periodistas a retractarse , aceptó sus disculpas y la declaración de no haber intentado difamar al país ni a su Embajador, les hizo pagar los costos y costas del Juicio; y señalaba en sus cartas la inmensa alegría y honra de haber podido ser quien defendiera y dejara en alto la imagen del país.

Eran otros tiempos, obviamente. Hoy cualquiera representa a Uruguay, desde el puesto de Canciller, embajador a dedo o acomodado en los Organismos internacionales merced a la afinidad política con la minoría dominante, que no a sus cualidades intelectuales, diplomáticas, anímicas ni morales.

Así nos fue en aquél entonces y así nos va hoy, cuando el Poder Ejecutivo del país apuñala por la espalda al Judicial en casa y en Naciones Unidas, diciendo que no sabe lo que sabe, dudando de la constitucionalidad de lo que no le compete juzgar y que es tan constitucional como que la Constitución lo mandata, al imponer la independencia de los Poderes y su soberanía Administrativa, regulada sólo por los Tribunales correspondientes.

Pero...¿qué le vas a hablar este pelandrún deslustrado al Eminentísimo candidato al Nobel de la zafiedad, la grosería y el diletar; al nostradámico proclamador de podredumbres recién descubiertas o a la encumbrada Representante ante DDHH, que vaya a saber en qué posición consiguió el cargo?

Yo, nada. La Historia (que ya puso a Pacheco en el billete de un Peso Fuerte y a ésos no los podrá ni en el papel higiénico que se use en el Museo Histórico Nacional) todo.

Quiera la Vida darme tiempo para verlo.
 

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