
Como cada año, me doy el gusto de recordar aquél día y reiterar mi propuesta de denominarlo "Día de la dignidad del pueblo uruguayo". No propongo un día rojo en ningún aspecto (ni colorado, ya que vengo de enterarme que es aniversario del extinto diario de Batlle y Ordóñez). simplemente, recordar entre todos un día que fuimos especialmente dignos y hasta valientes, además de ilustrados.
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Hoy es 16 de junio. La respuesta de muchos, probablemente sea "Sí. ¿Y qué?”
El 16 de junio de 1984 fue, desde mi punto de vista, un día clave para el país. Ese día, regresó de su exilio el Sr. Wilson Ferreira Aldunate, y cada uno seguramente tiene una opinión al respecto y sobre él.
O no, pero el tema no es ese.
La tarde anterior, caminando por el centro, había visto pasar jeeps con ametralladoras de combate empuñadas por soldados de pie, seguidas por camiones de tropas, tanquetas y tanques. Iban a tomar posición en la zona portuaria.
Nunca he sido demasiado valiente, pero ese vano intento amedrentador sólo consiguió despertar en mí una rebeldía final, arrinconada hasta entonces por el miedo.
"Otra vez, no", sentí que me decía esa voz que todos alguna vez escuchamos dentro.
"Una vez, no salimos a la calle, pero ahora ya sabemos cómo es vivir en el terror. Si no se van, ya no importa. Tiene razón Juan Chahuanco: para vivir como vives mejor no morir de viejo". A esa altura tenía casi 30 años, y una hija de tres. Ambas cosas, también, me empujaban al miedo y a la decisión.
Esa noche casi no dormí. Reuní todo el (poco) coraje que uno encuentra después de vivir once años con amedrentado y -muy tempranito- me fui para Agraciada y Nueva York, en la zona donde se suponía nos reuniríamos, más tarde, con otros locos como yo, para manifestar.
Era una hermosa mañana, y el panorama desolador: unos puñaditos de gente que más evidenciaba su candor que su práctica militante, y exhibía una modesta y decorosísima decisión, sólo superada por su terrible indefensión y falta de condiciones para enfrentar lo que se venía.
Alcanza recordar que por entonces la represión había recrudecido, en directa proporción con la expresión cada vez más inocultable de que la gente estaba harta. Un tiempito antes, en la feria de Tristán Narvaja le habían pegado a todo el mundo: no se salvaron ni las viejas con la chismosa en la mano, ni los puesteros. Nadie.
Ahora habían sacado los tanques. Los granaderos estaban prontos como siempre, y cerca como nunca. Frente a ellos, esperando, con la mansa decisión del que sabe que tiene razón, poco para perder y mucho para ganar, mujeres de tacos altos y cartera, veteranos heroicos (entre los que recuerdo nítidamente a Maneco Flores Mora, por entonces ya herido de muerte por la enfermedad, pero con el alma y la pluma en flor), y unos cuantos cientos de nosotros.
Los helicópteros sobrevolaban continuamente la zona, a baja altura, aturdiéndonos con ese sonido característico, para siempre asociado al genocidio de Vietnam, al de Afganistán, y a tantas otras gestas brutales en contra de los pueblos del mundo.
Como a las once y media de la mañana, una columna impresionante de militantes de izquierda, que habían decidido reunirse detrás del Palacio Legislativo, se reunió con el ya no tan pequeño grupo inicial, confundiéndose en el apretado abrazo de un pueblo que sabe qué es importante y qué no; tan característico de aquella época, hoy tan penosamente lejano, especialmente entre la clase política.
No pasó nada. Éramos demasiados como para reprimir. Wilson fue preso, sus acompañantes cada uno para su casa, y al sábado siguió el domingo.
Pero ya nada sería igual. Aquel glorioso y olvidado sábado por la mañana, un montón de uruguayos le habíamos dicho a los militares, pacífica y decididamente, que la cosa no daba para más. Que ya no había nada que ellos pudieran hacer, más que volver en silencio al lugar de donde nunca debieron salir.
Desde entonces tengo la sensación de que hay un día color corazón que falta en el almanaque, pero probablemente está en el alma de muchos de nosotros mucho más que otros que sí son fastos (al menos en el almanaque).
Para este peladito, el 16 de junio es el Día de la Dignidad; y si fuera feriado, debería estar destinado a conmemorar y volver a disfrutar de algo que hicimos entre todos: recuperar el control de nuestra vida como nación.
No dejo de soñar que vuelvan a nuestra alma la alegría, la esperanza, la tolerancia y la claridad que supimos exhibir entonces.
SAVAP
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