Hoy cumple 43 años el Frente Amplio. Me debo haber quedado sin amigos frenteamplistas o bien los que me quedan no sienten tener nada que festejar; porque ninguno hace mención del tema en Facebook, salvo el Rafa Gibelli que dice que quiere pero no puede felicitar a sus amigos frenteamplistas por el nuevo aniversario.
Soy un tipo raro, ya lo sé. En la intimidad (ya que expresarlo me ha costado alguna desavenencia con mi Compañera) celebro cada 16 de febrero mi disuelto matrimonio; porque creo que fue un gran día en mi vida, un día en el que pusimos toda la carne en el asador por ir tras un sueño.
¿Cómo podría, pues, no celebrar que un montón de gente buena y de la otra haya decidido un día unirse para ir tras el suyo (que era el mío, y ya me explico)?
De ese sueño surgieron hermosos brotes, miles de buenas y unas cuantas de las otras, pero no me arrepiento de lo soñado, de lo intentado ni de haberle dado fin al notar que no servía más para lo que lo habíamos creado y era más el dolor que los frutos.
Se preguntaba el General Seregni aquél histórico 26 de marzo en la Explanada Municipal de Montevideo, acerca del Frente: "¿Es que es acaso una corriente popular que busca como cuestión de vida o muerte, en las dramáticas circunstancias que vive el país, nuevos cauces, cauces nuevos que salten por encima de viejas y anacrónicas estructuras partidarias que ayer fueron potentes y configuradoras del Uruguay y que hoy se debaten en la incapacidad y una inepcia huérfanas de toda vida arraigada en el pueblo?
¿Cómo no iba a ser ese mi sueño de botijón de 16 años? Lo malo, es que lo sigue siendo hoy.
Más allá de la catarata de errores de apreciación histórica, social, cultural y política que incluye aquél discurso (qué decir de los cangrejos bajo la piedra ocultos por varios de los coaligados (especialmente PC y MLN, éste no formalmente integrado pero representado en forma más que abundante) y su accionar desde los tempranos 60), había entonces una necesidad de cambio, un estancamiento de los Partidos Fundacionales, una corrupción procedimental, un atraso de los modelos de país y de hacer política inocultables; y todo Oriental debería celebrar el intento de arrancar al país de aquél letargo.
Me y te preguntaba hace unos párrafos "¿Cómo no iba a ser ese mi sueño de botijón de 16 años?" Lo malo, es que lo sigue siendo hoy.
Hablé de errores de apreciación histórica, social, cultural y política de parte de los dirigentes frentistas. Qué decir de la mayoría de las medidas propuestas para resolver los grandes males del país (nacionalización de la Banca, moratoria de la Deuda, reforma agraria y tantos otros) apresurada y calladamente abandonadas al costado del camino, en silente reconocimiento del gazapo).
Lo eran de tal magnitud que en el 71 creyeron que ganaban en Montevideo y obtuvieron el 18% de los votos en todo el país.
Pero no era el Programa la única razón: ese Pueblo al que decían conocer y representar no los quería, no al menos a buena parte de los colados al camión; y a las pruebas me remito: con todo el viento de popa que significó la Dictadura (en tanto los uruguayos somos tan tendencialmente amigos de las víctimas), tampoco ganaron ni Montevideo en 1984. Debieron esperar la siniestra combinación de la muerte de Lanza y la mano enorme que les dio la espantosa gestión e imagen del Gordo Elizalde, para ganar la Intendencia; y quince años, más la mayor debacle económica conocida, para conseguir ganar, apenas, en 2005.
Ya entonces eran muy visibles al ojo entrenado claros síntomas de que el Desarzobispoconstantinopolizador se parecía mucho al Arzobispo de Constantinopla; gobierno municipal, echada de Seregni y Elecciones internas mediante, por nombrar algunos hitos.
El primer mandato, con el país creciendo desde hacía tres años en forma ininterrumpida y los comienzos del mayor viento económico de popa de la Historia (como si la Vida quisiera premiarnos por el castigo anterior enviando ahora un externo impulso, como antes el freno) alcanzó para mostrar que las sospechas eran fundadas.
En 2009, el electorado no le dio la mayoría parlamentaria ni la Presidencia sin Ballotage; y sólo el beneficio de un problema de diseño de la interpretación tradicional de lo que "representación proporcional integral" significa, le concedió lo que el Pueblo expresamente quitara y ello sólo ayudó a que la enfermedad avanzara; haciendo indistinguible al Frente de las peores prácticas de sus denostados y defenestrados adversarios y principal alimento electoral.
Asistimos hoy a la dependencia de un Candidato que nadie quiere, sin el cual –parece- no pueden ganar, a la enésima humillación de Astori, a una degradación de las relaciones en la interna (sin parangón desde la época en que bolches y ultras se mataban en la calle entre sí), con la Oposición, con la Constitución y la República; que explican que nadie quiera festejar y, en reconocimiento de ello, se tienda un piadoso manto de distancia que permita justifica una íntima celebración entre los very few del podercito, en el recoleto Pabellón de las Rosas. De masas, las de confitería, nomás.
A mí, igual, me sigue pareciendo bien celebrar el día que un montón de gente buena y de la otra quiso empezar a cambiar el país. No me importa que muchos lo hicieran queriendo convertirlo en una cárcel con bandera, como Cuba.
Tampoco me importa el dolor espantoso de haber visto cómo caían, uno a uno, ante mis ojos, los velos de la mentira; dejando desnuda no a la rozagante Revolución prometida, sino a una puta vieja y fea.
Primero, el de la supuesta superioridad moral e intelectual que me hicieron tragar cuando gurí. Luego, el de las traiciones que llevaron al del encumbramiento de la figura más siniestra que ha conseguido la Izquierda (por acomodaticia, ambigua y desprovisto de todo pudor para acomodar el cuerpo y aceptar cualquier medio para conseguir el fin (que ya no es el Cambio sino el Poder). El de que no iban a acomodar a nadie por cuota electoral sino a designar a los más capaces y honestos. Y, muy especialmente, la promesa de que los más infelices serían los más privilegiados.
El dolor de verlos fracasar (y mentir) tanto no me impide recordar el día en que yo creí que nacía el sueño; pero resultó que fue el día en que empezó a morir.

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