23 de mayo
de 2014
Hace unos años, cuando la Policía ordenó la división de los festejos, me
desolaba la perspectiva de un país hermoso desflecado en tres manadas de
energúmenos incapaces de festejar juntos la Democracia.
Tras la ilusoria re - unión que no hizo sino demostrar la certeza de que “… contra Franco estábamos mejor”, mi primer y tempranero contacto con esa nueva realidad de la cultura cívica del país fue la propia la noche del 28 de noviembre de 1984. En el feliz estado de ánimo que me abrazaba tras haber recuperado la posibilidad de elegir gobierno, intenté el libre ejercicio de mi sana pretensión celebrativa caminando solo, por 18, disfrazado con banderas de mi Sector a modo de ropa indígena. No alcancé a recorrer dos cuadras y, escupido e insultado desde un par de camiones repletos de "Compañeros"" frenteamplistas, me saqué todo y me fui, triste como pocas veces, para casa. No acuso al Frente de eso, sólo sé lo que viví.
Durante treinta años había guardado silencio al respecto, pero ver que ya no se soportan ni entre ellos y que -para que no haya lío- hay que evitar que se encuentren (como si fueran la Barra Amsterdam y la Banda del Parche), tengo ganas de llorar.
Por mi pobre país.
Por mi pobre Viejo, que aprendió a creer e ilusionarse de nuevo con ellos.
Por el pobre Seregni y su inocente y desencaminada buena fe al decir que "... fuimos, somos y seremos una fuerza pacífica y pacificadora, obreros en la construcción de la Patria del futuro".
Nunca lo fueron ni, juntos, lo serán.

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