11 de junio de 2014
Mañana se cumplen treinta días de la ignominia. Bah, de la última, al menos hasta ahora; aunque ya anuncian una nueva, legislativa esta vez.
Hará un mes que la desmesura del afán de gloria vacua y figuración de la Reina de la Byte, Señora de las Comunistaciones, Emperatriz de la Fibra Órtica y Marquesa del Toutvatrésbien, dejó a mi Montevideo querida sin uno de sus monumentos al espíritu emprendedor y la innovación que nos caracterizaron durante los primeros cincuenta y pico de años tras la Paz de 1904 entre Blancos y Colorados.
Mudo pero contundente testigo del atropello, una piedra (que recuerda el perfil del país con forma de corazón del que alguna vez me enorgullecí) recogida personalmente de entre los escombros del Acceso Norte, me acompaña desde entonces; conmovida por haber visto a un hombre grande llorar por su destino. El de ella, que el mío no es para tanto.
Dudo entre legarla junto a mis más preciados recuerdos, para que traiga a mis hijos y nietos el suave susurro de cuanto de bueno pudo recibir su Viejo de aquella Sociedad maravillosa, u horadar a la primera de cambio uno de los estúpidos cristales oscurantistas con que han de construir el adecuadamente frágil y hueco monumento a su vacuidad, impudicia y afán destructor.
Casi seguro prive la primera opción pero, si alguna vez van y ven el agujero, ya saben.


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