viernes, 6 de junio de 2014

¡Qué pena!


Hay días que llego a pensar que soy un optimista. Casi siempre se me pasa, pero -hoy- todavía no. Debe ser que -milagro inesperado- con al soga al cuello, pero, ganó Peñarol. 

Hoy, por ejemplo, que empiezo el día con una irracional confianza en de que no será necesario esperar a que pase el último ciclista, se acallen los aplausos y las adoloridas quejas de los esforzados jinetes y pingos de la Criolla o el ataque al hígado de la mezcla del nada ayunante ni contrito bacalao del viernes y la descomunal huevada del domingo ceda su lugar a la normalidad digestiva. 

¿Para qué, te preguntarás? Pues para que el tema Seguridad se re instale en el centro de la atención de la ciudadanía racional y la cuota parte de sus Representantes legislativos. Nada lo del ojo (y lo tenía en la mano).

En medio de la Gran Siesta Patria, el siempre modestamente incómodo Dr. Bordaberry tiró el gato arriba de la mesa y rajó de Licencia sin goce de sueldo; proponiendo triplicar las penas y la suspensión de beneficios para criminales reincidentes en delitos graves. 

He visto hace unos días un esbozo de reclamo por parte de mi amigo y especialista en temas carcelarios, Alfredo Bruno Carrera (que no repliqué oportunamente por esas cuestiones que tiene la vida en el Mundo Felizbookeano, pero acá estoy) y poco o nada más. 

Hoy temprano, en Radio El Espectador entrevistaron al Dr. Guillermo Maciel, especialista de Vamos Uruguay en el tema y, por ambas razones, estoy presentándoles mis modestas reflexiones.

Ante todo, una profesión de sensibilidad sólo necesaria para nuevos lectores, pero va: me consta que la realidad presidiaria es terrorífica y no soy partidario de la tortura cotidiana. Dicho lo cual, y sin contradecirme, adelanto mi total y absoluto respaldo a la iniciativa. 

Sé que el Dr. Langón pataleó un poco diciendo que -si se adopta el criterio- "se juzga al delincuente por ladrón, no por robar"; errándole feo, pues el hurto no está, extrañamente, contemplado en los artículos propuestos. Yerra, además el destacado Jurisconsulto en la aplicación indebida (a mi criterio) de una sensibilidad que a esta altura, con la calle como está y el país entre rejas privadas, resulta trasnochada por decir lo menos. La realidad le pasó por arriba a las buenas intenciones de buenas personas como el Dr. Langón, que redactaron un Código y crearon una Cátedra derechista, permisiva y desequilibrada; cosa que fue vilmente aprovechada por delincuentes ya abogados para generar un "savoir faire" despenalizador que se burla en la cara del inocente intento judicial. No me extraña su posición, que respeto pero no comparto en lo más mínimo (lo cual dudo quite el sueño a tan eminente Catedrático) pues es coherente con otras expresiones tales como que "es preferible dejar libres a 99 culpables que cometer la horrewnda ignominia de encarcelar a un culpable". Ni ahí, Doctor, ni ahí. Métanos a todos en cana, por favor, que así habrá 99 delincuentes menos perjudicando a centenares de inocentesy el 1 que vaya en cana, no estará feliz por sí, pero sí por su Familia, amigos, y vecinos. 

Dice mi amigo Alfredo que treinta años en una cárcel uruguaya es una sentencia de muerte y, más allá del dramatismo, puede que sea verdad. Lo cual no quita que lo que debe cambiar es el tratamiento que allí se proporciona; y no la severidad con que la Sociedad debe tratar a aquellos de sus hijos que han tomado como profesión aterrorizar ellos, a su vez, al resto de la población.

La medida conocida como "third strike" (en Baseball, el tercer error saca al bateador del puesto y lo manda a sentar en paciente espera de otra oportunidad) fue aplicada por primera vez en California (Estado liberal y sensible si los hay), produciendo una brusca caída en la cantidad de delitos y -sobre todo- de reincidencias; muy superior incluso a la renombrada y exitosa Tolerancia Cero del Sr. Giuliani en New York, New York. O sea: agoreros del fracaso, abstenerse. Esto funciona, el miedo no es zonzo. 

No faltará quien sostenga que en Uruguay el aumento vertical en la criminalidad que acompaña la gestión pos Dictadura (con inflexión vertical en la frenteamplista) no se compadece con el de la severidad de las penas (que empezó por 1994, creo); lo cual es verdad, pero -como buena mentira- sólo lo es a medias. La severidad aumentada lo ha sido sólo en el Código: el Poder Legislativo y el Judicial siguen en manos de aquellos que -por razones seguramente diferentes (o no) miran el tema con una óptica afín a (y, de hecho, velan por los intereses de) los delincuentes. 

Siempre, pero especialmente hoy -en medio de la larga ola de delincuencia violenta de la Historia del país- mi compasión está primero con los débiles y desprotegidos (que son los ciudadanos honestos y trabajadores, no sus victimarios); debiendo necesariamente postergarse mi comprensión para con los delincuentes profesionales, a los que reconozco, también, no sólo derechos sino una cuota de lógica en su opción, cuando lo es.

Me alivia la conciencia la certeza de que -como todo lo legal- llegado el momento en que las cosas vuelvan a su cauce y pueda la Sociedad ocuparse -no ya de contar muertos, rapiñados, secuestrados, violados o golpeados en la calle sino- los días desde que recuperó la paz-; sea hora de pensar en la revisión de estas más que justificadas medidas de emergencia y autodefensa social.

La eficacia de las mismas no puede ser discutida, ya que -como mínimo, y además del efecto disuasor- se evitará la tomadura de pelo en reiteración real de asesinos, violadores y rapiñeros que, aprovechando la flexibilidad bonachona, irresponsable y/o corrupta del Sistema (cada uno sabrá qué deja y qué quita) cometen los mismos o peores delitos y no pueden ser sancionados con la severidad debida, por ausencia legal.

Más y mejores Escuelas, Liceos, UTU, UDELAR; claro que sí. Pero también (y antes, porque no se apaga incendio a cuadernazos) más y mejores Policías, Jueces y cárceles; para lo que se necesita no más pero sí mucho mejores Legisladores.

Y eso, hermanit@ querid@, está en tus manos.

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